viernes, 14 de abril de 2017

Hijos ‘perfectos’ pero tristes



Todos quieren ser perfectos, brillar en lo personal, intelectual, profesional, económico y hasta en lo estético. Pero, tantas exigencias alimentadas por la sociedad actual no solo presionan a los adultos, sino que se han tornado en un alto y pesado medidor para los niños, advierten especialistas en el tema.

Los pequeños también quieren ser los mejores, por lo menos y en una primera etapa, para sus padres. “Esas exigencias y el temor a no cumplirlas pueden generarles frustración, un efecto contrario a lo que buscan los padres. Por eso, hay que tener expectativas reales con ellos”, comenta el psicólogo Roberto Peña.

El terapeuta ejemplifica: si un padre critica al hijo por su apariencia física en vez de estimularlo y ayudarlo, mellará también la salud emocional del menor. O, si una madre sueña que su hija destaque tocando un instrumento o cantando, sin considerar que no tiene vocación, la experiencia puede tornarse en un infierno de frustración.

La psicóloga Lizette Gallegos identifica que ese deseo de perfección es de los padres, lo que conlleva a presionar a los hijos a realizarlos, a ser buenos y mejores, como si no lo fueran. A su vez, los niños buscan aprobación de sus progenitores, y ese afán puede hacerlos infinitamente infelices. “Puede generarles ansiedad y baja autoestima al saber que no cumplen con el ideal de sus padres”.

Los casos no son iguales. Peña dice que hay menores que siguen el modelo de sus padres en la búsqueda de sobresalir. “Quizá son los menos, pero hay niños que se esfuerzan y dan muestras de voluntad inquebrantable para lograr objetivos, lo cual es muy bueno. Lo que hay que tomar en cuenta es el equilibrio, porque si el triunfo se vuelve un vicio y no consiguen lo que anhelan, quedarán profundamente heridos y frustrados al punto de generar depresión en la edad adulta”.

Según los psicólogos, los niños que crecen con la idea de ser perfectos viven con miedo constante a cometer errores. “Acumulan ansiedad siendo imposible alcanzar la aprobación buscada, mensaje que se refuerza ahora no solo en casa sino fuera; en los medios y en la sociedad, de ahí las altas demandas laborales y de imagen que hay”, detalla Gallegos.

“Esa demanda hace que los padres deseen niños multifunción ‘para que sepan y puedan defenderse en la vida’. Pero, paradójicamente, esa presión aplastante los anula y daña”, recalca.

En ese círculo vicioso, hay una salida. Peña identifica el desarrollo firme y constante de la autoestima. “Para ello se debe identificar las habilidades y reforzarlas. También es saludable ponerles desafíos y mostrarles que la vida tiene variables y por no conseguir todo lo que se quiere no se acaba el mundo”. Y lo más importante, ratificar que él o ella sigue siendo tan valioso y amado como siempre, tal vez más por el esfuerzo puesto en llegar a las metas.

jueves, 13 de abril de 2017

¿Hijos? todavía

Hay quienes afirman que haber tenido hijos fue la mejor decisión del mundo, como hay otras que no incluyen la maternidad en ninguna etapa de sus vidas. Sin duda alguna, hoy en día se vive una época socio-económica, donde la mujer asume varios roles más allá de la maternidad, explica Fanny Parrado, psicóloga clínica y organizacional. Indica que, las nuevas generaciones son educadas para conseguir metas y propósitos. Lo más probable es que por ello muchas formen un plan de vida por sus proyecciones, metas personales o de pareja.

Paso a paso. Respecto a la presión que puede surgir en la sociedad por formar un hogar con hijos, la terapeuta indica que el ser humano se realiza de manera integral y el ser madre es un aspecto de posible realización, siempre y cuando esté en la proyección de vida personal, pareja, familia extensa, trabajo, profesión, entre otros.

Cuándo estás en una relación. Para el psicólogo Yohonny Ledezma, en una relación de pareja, dentro del proyecto de vida en común, lo ideal es tener hijos, porque esto permite evolucionar. Pero es una decisión que se toma bajo responsabilidad, compromiso y sobre todo amor. En caso de optar por no tener hijos, esto debe ser consensuado también en pareja.

Factores de riesgo. Es importante pensar y reflexionar sobre cada decisión que se toma, enfatiza la psicóloga, respecto a la decisión de optar por métodos radicales, más aún cuando ya han pasado los 30 o 40 años, cuando será más complicado, costoso o irreversible tener un hijo si se cambia de decisión.

Algo personal. Sobre el pensamiento de que no tener hijos afecta la relación, es totalmente falso, asegura Parrado. “Los hijos no son la razón de la pareja, es una elección consciente o inconsciente muy personal”, expresa. Ledezma también agrega que, la condición de ser madre es limitada, vale decir que mientras busca sus prioridades muchas veces es sorprendida por la menopausia, poniendo fin a dicha condición lo que podría desencadenar problemas psicosomáticos.

Estudio dice que solo el 50 por ciento de menores quiere volver a su casa

El 50 por ciento de los adolescentes que huyó de su casa y que hoy se encuentra en hogares de acogida, quiere volver con sus familias, mientras que el 25 por ciento desea formar la suya propia, y el otro 25 por ciento no piensa en volver a su casa, según un estudio elaborado y publicado por el Viceministerio de Seguridad Ciudadana y Unicef, en Cochabamba.

En cuanto a la falta de protección, el mayor problema de la calle tiene que ver en un 45 por ciento con la agresión de algunos policías, en un 34 por ciento con lidiar con las agresiones de sus propios amigos (as) y/o pares, y en un 16 por ciento con las agresiones de la población en general.

El consumo de drogas con 47 por ciento es el mayor de los problemas de salud que enfrentan los adolescentes que están en las calles, seguido de las heridas y dolores leves que sufren con 23 por ciento , y las diversas enfermedades que padecen como la tuberculosis, cirrosis y afecciones respiratorias que abarcan el 13 por ciento . Un 7 por ciento se ve afectado por el VIH y 3 por ciento por el aborto.

A nivel familiar, los adolescentes en situación de calle que formaron sus propias familias con otros adolescentes o mayores sufren relaciones violentas y transgresoras, porque son padres y madres adolescentes sin un proyecto de vida definido. Hay madres adolescentes que consumen drogas y alcohol y que han perdido a sus bebés, pero ellas no recuerdan si los regalaron o dónde los dejaron.

Su situación económica es también muy crítica. Los adolescentes que participaron en los grupos focales señalan que 70 por ciento de sus actividades económicas para sobrevivir está basada en el robo de objetos menores, un 20 por ciento se dedica a la explotación sexual comercial (sobre todo mujeres), y el 10 por ciento vende cosas y/o productos.

CASOS DE VIOLENCIA No es extraño que una de las principales causas para que niños y adolescentes huyan de sus casas sea la violencia intrafamiliar. De acuerdo con datos de la Defensoría del Pueblo, el 85 por ciento de los casos de delitos relacionados con violencia, maltrato físico y psicológico infantil ocurren en el entorno familiar. “Son el principal círculo donde se ejerce la vulneración de derechos de los niños”, dijo Hernán Rico Guzmán, responsable de la Delegación Especial del Defensor en materia de niñez y adolescencia.

Además de la violencia, otros factores obligan a los menores a escapar de sus hogares. Para Rico, los problemas socioeconómicos son los más importantes.

“Uno de los grandes problemas de la sociedad es el económico. Éste influye en que la mamá salga a trabajar, el papá salga a trabajar y entonces los niños o adolescentes empiezan a asumir responsabilidades que no les corresponden. Se generan problemas en las familias, familias disfuncionales, familias desintegradas que hace que estos niños y adolescentes tengan problemas y terminen en las calles”, explicó el delegado defensorial.

En el otro extremo, la falta de empleo de los papás también influye. Si el padre no tiene un empleo estable, con seguro de salud y jubilación, es obligado a migrar incluso fuera del país.

El divorcio y la violencia ponen a niños y adolescentes en las calles

La mayoría de los niños, niñas y adolescentes que huye de su casa en Cochabamba lo hizo por el divorcio de sus padres y por la violencia intrafamiliar en sus hogares, según un estudio del Viceministerio de Seguridad Ciudadana y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef por sus siglas en inglés).

Los menores, que se han visto obligados a escapar por estos dos factores, al igual que el resto, se enfrentan a otros peligros fuera de sus casas como la trata y tráfico, la drogadicción y la prostitución.

Sobre este tema el delegado especial de la niñez y adolescencia de la Defensoría del Pueblo, Hernán Rico Guzmán, dijo que en Cochabamba existe una población de 2.200 menores de 18 años en centros de acogida y bajo la tutela del Servicio Departamental de Gestión Social (Sedeges).

A esta cifra se debe sumar la población de menores en situación de calle, que llegan a 450.

El informe del Viceministerio de Seguridad Ciudadana y Unicef alerta sobre la urgencia de tomar acciones inmediatas para evitar un escenario de incremento de mortalidad de esta población vulnerable.

El mismo documento, elaborado a partir de grupos focales con niños y adolescentes y representantes de instituciones que trabajan con la temática, las principales causas para que los menores abandonen sus hogares y vayan a la calle, son fundamentalmente por tres tipos de problemas: familiares, un 31 por ciento , educativos, un 24 por ciento , y sociales un 13 por ciento .

Específicamente y por orden de importancia, los niños y adolescentes entrevistados, entre 14 y 18 años, reconocen que las situaciones más frecuentes que los impulsa a dejar sus hogares son: el divorcio de sus padres, el consumo de drogas, la violencia física, el abuso sexual en casa, el abandono, los problemas con los padrastros y la influencia de los malos amigos.

En el entorno familiar, las principales causas identificadas son la violencia intrafamiliar, según el 26 por ciento de los consultados, seguida del abandono familiar, 16 por ciento , abuso sexual y alcoholismo, 13 por ciento , y por último la desintegración familiar, 10 por ciento .

“Los papás abusan a sus hijas y las mamás no saben”, es uno de los testimonios recogidos entre mujeres de edades comprendidas entre 14 y 20 años que sufrieron la situación de calle.

Los problemas educativos son también factores que obligan a los niños y adolescentes a abandonar a sus familias y hogares.

Según el diagnóstico, los factores expulsores a nivel de la educación tienen que ver en un 50 por ciento con la deserción escolar y en un 25 por ciento con el fracaso escolar y los insuficientes programas y metodologías que emplean los profesores en el aula. Así lo manifestaron los adolescentes que participaron en los grupos focales dirigidos por Unicef en Cochabamba.

La deserción escolar se da por diferentes causas como la falta de recursos económicos en la familia, lo que tiene como consecuencia que los niños y adolescentes abandonen sus estudios y tengan que trabajar en las calles desde temprana edad.

El fracaso escolar ocurre cuando los menores pierden el año y tienen temor al castigo de los padres, lo que ocasiona que huyan de sus hogares y comience su contacto con la calle.

El estudio añade que también pasa que a los chicos no les gusta estudiar y creen que es aburrido, lo que hace que su rendimiento escolar sea bajo que, a su vez, es motivo para que los tilden de “burros”. Por esa razón, dejan la escuela y comienzan a tener contacto con el mundo de las calles.

Testimonios

“Los papás abusan a sus hijas y las mamás no saben”, es uno de los testimonios recogidos en la investigación entre mujeres.

Causas



La investigación del caso, promovida por el Viceministerio de Seguridad Ciudadana y Unicef también menciona 10 causas por las cuales las personas menores de 18 años determinaron alejarse de sus hogares.

Violencia intrafamiliar

Se da cuando uno o varios de los miembros de la familia recurren a la violencia como una forma de educar, corregir y sentar la autoridad.

Abandono familiar Situación que se presenta principalmente por motivos de trabajo y/o por padres que se dedican al consumo de bebidas alcohólicas o drogas.

Mala comunicación

Cuando los niños y adolescentes no gozan de una adecuada y fluida comunicación con sus padres, se sienten incomprendidos y no queridos.

Desintegración familiar

Surge principalmente cuando alguno o ambos padres se ven obligados a dejar la familia ya sea por un divorcio o por un viaje al exterior en busca de

oportunidades de trabajo.

Padres ausentes

Otro factor muy fuerte se da cuando ambos padres trabajan, ocasionando que el cuidado de los hijos recaiga en ellos mismos y que no exista ningún control de parte de sus progenitores.

Crisis de modelos

Cuando los hijos no identifican un modelo a seguir que les brinde seguridad, por lo que buscan esa referencia fuera de sus casas.

Migración

Un factor que acelera la salida a la calle porque, generalmente, los hijos menores son enviados a la ciudad a vivir con parientes o solos.

Abuso sexual

Es uno de los motivos más frecuentes de expulsión de las niñas y adolescentes a las calles. Habitualmente el abuso y la violencia sexual vienen acompañadas de violencia física y psicológica.

Muerte de padres

Casi siempre quedan al cuidado de familiares, quienes muchas veces los explotan y maltratan, abusos por los cuales aceleran su salida a la calle en Cochabamba.

Padrastros y madrastras

Se dan cuando existe una relación violenta entre los padrastros o madrastras, los que terminan expulsando a los niños y adolescentes a las calles de la ciudad.

Los cambios en la adolescencia

Los padres deben ser conscientes de que la adolescencia comprende cambios físicos y psicológicos en sus hijos, que es el paso de la niñez a la adultez no siempre es sencillo y que en este camino tendrán muchas dudas que los llevarán a tener crisis de identidad, antes de convertirse en un adulto responsable de sus actos.

Femenina conversó al respecto con la especialista en atención integral al adolescente Claudia Salazar, quien hizo referencia a la adolescencia y las diferentes etapas por las que se atraviesa según las distintas edades, antes de llegar a la edad adulta.

“La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica la adolescencia en tres etapas: temprana, media y tardía. De los 10 a 13 años de edad hablamos de adolescencia temprana, de 14 a 16 años la media y de 17 a 19 años la tardía, cada una con sus características propias”, afirma Salazar.

Según la especialista, la adolescencia temprana comprende los cursos de sexto de primaria, primero y segundo de secundaria. En esta etapa, el interés por los estudios y otras actividades en conjunto son similares, el destacarse en algún deporte y comenzar a fijarse en la apariencia personal comienza a cobrar importancia.

“Cada grupo etario tiene diferentes problemas, por tanto la adolescencia debe ser abordada desde un punto de vista biopsicosocial que incluye salud, psicología y los factores sociales. Si bien la parte de salud, por lo general, no presenta mayor dificultad, es el proceso de transición en el que surgen dificultades y no precisamente para el adolescente, sino para sus papás que no saben cómo afrontarla”, explica Salazar.

“Las mamás en ocasiones quieren que los papás sean una buena madre, en lugar de que ejerzan el rol que les corresponde, el trato de padre e hijo o madre e hija es totalmente distinto y esta se constituye en una de las principales dificultades que ambos padres deben comprender y solucionar con madurez”, asegura la especialista.

REBELDÍA

Como se ha mencionado anteriormente, la adolescencia es una etapa de transición en la que aflora la rebeldía de los jóvenes y esto debe ser tomado como algo positivo en el crecimiento personal, pero siempre y cuando sea canalizado con un propósito específico.

“Hay que comprender esta rebeldía y saberla guiar. Si un adolescente quiere ser rebelde que ésta lo conduzca a desarrollar un aspecto positivo en su vida. Considerando que la guía no debe ser opresiva (castigo), sino dialogada, manejando los límites que es lo más importante en esta etapa”, agrega Salazar.

La profesional asegura que el poner límites significa explicar al adolescente hasta dónde puede llegar sin que se ocasione una lesión a si mismo o a una tercera persona. Dentro de estos límites también está el enseñar a ser responsable de sus actos, en un marco de amor y respeto.

“Por ejemplo: el horario de llegada al hogar para los niños menores de 6 años debe ser 8 de la noche y de los mayores de una hora después. En el caso de los padres ellos también deben tener sus límites. Si se organiza una cena familiar a las 21 horas y el padre llega a las 23 horas no es correcto. En todo caso si existe algún percance deberá anunciarlo y pedir que continúen sin él”, dice Salazar.

No se puede exigir el cumplimiento de los límites en los adolescentes sin tener los padres los suyos, ni pedir que los jóvenes no beban cuando son ellos los que cada fin de semana los recogen de las cantinas a sus progenitores en estado inconveniente.

“De los 10 a 13 años es una etapa de relativa tranquilidad, porque en esas edades comienzan a desarrollarse las características biológicas que marcan la diferencia significativa en el cuerpo de la mujer y el varón, descubren un poco más de la sexualidad, no existen grandes problemas de salud, en el campo psicológico existe baja autoestima, en particular si se ponen etiquetas como gorda o gordo”, acota la especialista.

De los 13 a los 15 años de edad es cuando comienza la mayor rebeldía y con ella los problemas psicosociales como el consumo de alcohol en las fiestas. Es una etapa muy frágil en el aspecto sexual porque aumenta la atracción por el sexo opuesto.

“Los adolescentes comienzan a preocuparse por su aspecto físico ya que surgen los primeros enamoramientos, el deseo sexual aumenta, es una etapa de mucho cuidado, porque hay que saber guiar y no prohibir. Hablar de los cambios que tendrá su cuerpo y de las sensaciones que sentirá, y cuándo debe frenar ciertas situaciones que pueden conducirlos a algo no se deseado”, enfatiza la especialista.

martes, 11 de abril de 2017

Lecturas sutiles Envejecer es inevitable


El paso del tiempo es inevitable, no se puede escapar de las manecillas del reloj biológico, se envejece con el tiempo, uno mismo no percibe los cambios que se van produciendo lenta o rápidamente en el cuerpo, de manera que sorprende ver que el otro igualmente envejece.

Que desafío vivir envejeciendo día a día, en permanente cambio, como única constante, para todos por igual.

El envejecer hace que muchos se angustien, sientan ansiedad, miedo, temor, inseguridad, influenciados porque la sociedad actual da excesivo valor a la juventud, por encima de la experiencia.

El mercado ofrece innumerables métodos para prolongar la juventud, costosos tratamientos, modernos y no tan modernos, con resultados que producen frustración, son solo paliativos, no logran detener el envejecimiento, el tiempo sigue avanzando a pesar de cualquier esfuerzo realizado.

Sucede que el envejecimiento se da en el plano físico y psicológico, la pulsión que es esa energía de vida, fuerza motora que impulsa, que nunca se detiene, no reconoce edad o condición física, no negocia, empuja a la satisfacción, produce molestia e molestias al cuerpo, que al no poder satisfacerla, puede expresarse como enfermedades, depresión y otros tipo de síntomas.

Al decir que la pulsión no envejece, no modifica su fuerza, empuja sin parar, es necesario e ideal lograr encontrar la manera de canalizarla, realizando nuevas actividades, que sean una vía para descargar tensión acumulada, mediante actividades familiares, lúdicas, lectura, pintura, ejercicio físico, meditación, música, que incidan en la prevención de un mayor deterioro de funciones físicas y mentales.

La sexualidad es un aspecto que también se relaciona con la vejez, se da por supuesto, que al envejecer el deseo sexual se apaga, sin embargo la pulsión no sufre semejante transformación, lo pulsional se mantiene en constante empuje a la satisfacción, situación que incomoda al anciano, que puede tener un deterioro corporal y no responder físicamente.

Existen grandes miedos en la vejez, por una parte el miedo que se relaciona con la propia muerte, ya no pensar en la muerte como algo ajeno que le sucede a los demás, esta vez se presenta como algo real, que le toca a uno.

Otro miedo se relaciona con la enfermedad, miedo a perder capacidades que pueden cambiar la calidad de vida de uno mismo.

Miedo a la soledad, estar sin personas que den contención y afecto, disponer de demasiado tiempo libre.

Es importante considerar que después de la jubilación, esta no signifique el cese total de actividades, al contrario, el seguir realizando las cosas que apasionan, que gustan y se disfrutan, que producen satisfacción, permitirá que lo inevitable sea más aceptable.

NOTA: Para cualquier consulta o comentario sobre la columna, contactarse con Claudia Méndez Del Carpio al correo claudiamen@hotmail.com Visítanos en Facebook: LECTURAS SUTILES

lunes, 10 de abril de 2017

Comer ante una pantalla, uno de los hábitos insanos de los niños



Ordenadores, tabletas y, sobre todo, los teléfonos móviles están desplazando poco a poco a la televisión en su popular papel de canguro. Con demasiada frecuencia, los padres dejan a los niños frente a las pantallas para que no molesten y parecemos no advertir los posibles efectos negativos que un tiempo excesivo en ese mundo digital o una falta de control de los contenidos pueden tener en nuestros hijos. “Las nuevas tecnologías no son malas per se; todo depende del uso que se haga de ellas. Los problemas surgen cuando abusamos o las empleamos mal”, señala la psicóloga Silvia Álava al portal Muy Saludable.

“El cerebro se desarrolla de manera crucial durante los primeros años. El niño necesita explorar el mundo a su alrededor e interactuar con los que le rodean para poder desplegar sus habilidades cognitivas, lingüísticas, motoras y sociales-emocionales. Desde luego, aprenderá mejor si se relaciona con las personas y no con dispositivos electrónicos”, explica la autora del libro

“Queremos que crezcan felices”, en el que aborda la actual sobreexposición de niños y adolescentes a ordenadores, tabletas y móviles.

Posibles efectos negativos

El uso excesivo de este tipo de aparatos puede tener consecuencias indeseables sobre la conducta, la salud y el rendimiento escolar de los menores. “La naturaleza sedentaria de la mayoría de las actividades digitales puede provocar un aumento de peso en niños y adolescentes, a lo que se suma que estos pueden encontrar en la comida alta en grasas y azúcares una solución rápida para no despegarse de la pantalla”, cuenta Álava.

Además, pueden sufrir alteraciones del sueño por emplear de forma exagerada los dispositivos electrónicos o por hacerlo antes de irse a dormir. El rendimiento escolar también puede verse afectado cuando el tiempo dedicado al entretenimiento interfiere con la lectura y el estudio. Asimismo, a medida que los menores se comunican cada vez más de forma virtual y menos cara a cara, comienzan a sentirse solos y deprimidos.

“Quienes ven mucha violencia simulada, como por ejemplo en los videojuegos, pueden ser más propensos a desarrollar conductas agresivas y a no mostrar empatía”. También pueden darse consecuencias físicas: dolor en los dedos y muñecas, fatiga ocular en los ojos y dolor de cuello y espalda por la inclinación sobre móviles, tabletas y ordenadores.

Siguiendo las últimas recomendaciones de la Academia Americana de Pediatría (AAP), Álava considera que “antes de que cumplan dos años, los niños no se deben exponer a las pantallas. Después, el consumo puede aumentar a media hora al día, hasta llegar a un máximo de una hora diaria a los cinco años. En la adolescencia, la exposición nunca debe superar las dos horas al día”.

El contenido debe ser de alta calidad y, en el caso de los más pequeños, han de verlo en compañía de sus padres para entender lo que se les está mostrando. Existen programas que sí pueden ser beneficiosos para el desarrollo del niño, de modo que son los progenitores los que deben determinar cuáles y durante cuánto tiempo se visionan.

Los niños deberían dedicar su tiempo a “estar al aire libre, leer, a sus aficiones y a usar su imaginación en el juego libre. En definitiva, han de tener tiempo para ser niños”, subraya Álava.

Zonas y horas libres de pantallas

La psicóloga sugiere, también en consonancia con la AAP, que en cada hogar se asignen horarios libres de contenido mediático, como la hora de comer o mientras los menores están haciendo otras actividades (si están dibujando, jugando, etc., apagar la televisión de fondo).

“No deben estar expuestos a la televisión y a las nuevas tecnologías una hora antes de irse a la cama”, afirma tajante Álava. “Y nada de pantallas dentro de la habitación”, añade.

Los padres deben predicar con el ejemplo. “De nada sirve decirle al niño que no coja el móvil cuando tú no paras de whatsappear”, apunta Álava. Padres a los que la autora de "Queremos que crezcan felices" insta a que no dilaten en el tiempo la adopción de planes para controlar la exposición de sus hijos a las pantallas. Y explica el motivo.

“En el desarrollo del niño, existen lo que se llaman ‘periodos óptimos’, que son claves para que se produzcan determinados aprendizajes o avances. Si debido al abuso de la televisión, los móviles, los ordenadores o las tabletas, el niño no recibe la estimulación adecuada, puede que no adquiera esas destrezas. Y a veces, aunque se tomen medidas y se recuperen de alguna forma, ya nada es lo mismo”.



DIEZ CLAVES PARA MEJORAR

Una de las conclusiones del V Estudio CinfaSalud sobre “Percepción y hábitos de salud de las familias españolas sobre nutrición infantil”, avalado por la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP), ofrece estas recomendaciones para mejorar los hábitos de vida de los niños, especialmente los alimenticios.

(La metodología ha consistido en un cuestionario dirigido a 3.000 españoles con hijos entre 6 y 12 años).

Recupera en casa la dieta mediterránea. Aceite de oliva, pescado, legumbres y cereales (pan, pasta y arroz), lácteos, huevos, frutas, verduras, yogur y frutos secos. El agua será siempre su mejor complemento.

Comer cinco veces al día. Un desayuno completo, almuerzo de media mañana, comida, merienda y cena a una hora temprana. Se asegura que el menor consuma los nutrientes necesarios y se evita el picoteo entre horas.

La pirámide alimentaria como guía. Se trata de un instrumento que recomienda las raciones de los alimentos y su frecuencia. Explícasela a los niños y diseñen juntos menús que cumplan los criterios que marca la pirámide.

Evitar alimentos que engordan y no alimentan. El consumo de fritos, bollería, dulces y snacks debe constituir una excepción, pues contienen excesivos azúcares, grasas saturadas, sal y energía, además de no aportar apenas micronutrientes. Lo mismo sucede con la comida rápida: no la conviertas en un rito semanal.

Comer en familia. Organiza los horarios para poder comer juntos al menos una vez al día y aprovecha ese momento de reunión para comunicarte con ellos. Hay que predicar con el ejemplo en la mesa.

Aparca el móvil y la televisión. La atención de niños y progenitores debe centrarse en la comida y en quienes se sientan a la mesa. Los dispositivos tecnológicos interrumpen o anulan la conversación familiar.

Llévatelos de compras. Pídeles ayuda para elaborar la lista y, una vez en el supermercado, que se hagan cargo de una parte. Enseña a los niños a interpretar las etiquetas y comenta con ellos los valores nutricionales de los productos.

Prepara los alimentos de maneras diversas y pídeles que cocinen contigo. Alternar asados, hervidos, a la plancha, guisados o incluso crudos en gazpachos y ensaladas garantizará que la comida se convierta en uno de los hábitos más estimulantes. Enséñales algunas técnicas culinarias sencillas o divertidas y pídeles que te ayuden a decorar los platos.

Ponles en movimiento. Anima a tus hijos a realizar ejercicio, pero también a reducir el número de horas que pasan frente a la televisión y los videojuegos. Sobre todo, aliéntales a llevar unos hábitos de vida activa, en la que caminen, paseen o suban escaleras de manera cotidiana.

Asegúrate de que duermen más de diez horas. Las sociedades científicas recomiendan que los escolares de entre 6 y 12 años duerman más de diez horas como una herramienta más contra el sobrepeso.